jueves, 15 de enero de 2015

ÍNDICE. CATEQUESIS DE CONFIRMACIÓN.

1. CICLO.

MI PRIMERA CATEQUESIS. 

MI SEGUNDA CATEQUESIS. 
MI TERCERA CATEQUESIS. 
MI CUARTA CATEQUESIS. 
MI QUINTA CATEQUESIS.
MI SEXTA CATEQUESIS.  
MI SÉPTIMA CATEQUESIS. 
MI OCTAVA CATEQUESIS.


2. CICLO.




 3. CICLO.


EN PDF:MIS CATEQUESIS DE CONFIRMACIÓN.

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CONFIRMACIÓN 8. MI OCTAVA CATEQUESIS.

EL MOSQUITO Y LA LUCIÉRNAGA.

(GASPARE GOZZI)
Una noche, el mosquito le decía a la luciérnaga:
-“Yo no creo que haya en el mundo una criatura más útil y al mismo tiempo más noble que yo. Si el hombre no fuere por naturaleza un ingrato, debería estarme eternamente agradecido; de hecho, no podría tener mejor maestra de comportamiento moral. Porque mis agudas picaduras le ofrecen la posibilidad de ejercitarse en la noble virtud de la paciencia. Y con el fin de que se sacuda de su inepto sueño, de día y de noche, en cuanto se acuesta para dormir, enseguida me ocupo de picarle ya sea en la frente, en la nariz, o en otras partes del cuerpo. También poseo en la boca una trompetilla, con la cual, a modo de guerrero, voy tocando y proclamando mis gestas. Pero tú, luciérnaga, ¿qué bien reportas al mundo?”.
Respondió la luciérnaga:
-“Amigo mío, temo que tú te equivocas al juzgar entre nosotros dos. Todo aquello que crees hacer en beneficio de los demás, en realidad lo haces pensando tan sólo en ti. Al picar a las personas, chupas su sangre, la cual te ayuda a nutrir tu vientre; y tocando la trompetilla, tratas de exaltar tu acción ante tus ojos y a la vista de los otros. En realidad sólo te quieres a ti mismo. En cuanto a mí, no tengo otras cualidades fuera de esta lucecita que arde en mi corazón. Con eso procuro iluminar el camino a quien está envuelto en las tinieblas de la noche. Sé que esta lucecita mía es bien pequeña, y quisiera hacer más, pero mi naturaleza no lo permite. El poco bien que hago, lo hago en silencio, sin vocearlo alrededor. ¡Que las personas juzguen quién de nosotros dos les es de mayor provecho!”. 
 

PREDICACIÓN EN GALILEA. LA MARGINACIÓN: EL LEPROSO. Mc 1,39-45.

(Mt 8,2-4; Lc 5,12-16) 
39Fue predicando por las sinagogas de ellos; por toda Galilea, y expulsando los demonios. 40Se le acercó un leproso y le suplicó de rodillas:
-Si quieres, puedes limpiarme.
41Conmovido, extendió la mano y lo tocó diciendo:
-Quiero, queda limpio.
42  Al  momento se le quitó la lepra y quedó limpio. 43Reprimiéndolo, lo sacó fuera enseguida 44 y le dijo:
-¡Cuidado con decirle nada a nadie! Al contrario, ve a que te examine el sacerdote y ofrece por tu purificación lo que prescribió Moisés como prueba contra ellos.
45Pero él, al salir, se puso a proclamar y a divulgar el mensaje a más y mejor; en consecuencia, Jesús no podía ya entrar manifiestamente en ninguna ciudad; se quedaba fuera, en  despoblado, pero acudían a él de todas partes.


EXPLICACIÓN.
39-45. Episodio central de la sección: Actividad parecida a la de la sinagoga de Cafarnaún; normalmente, los sábados: anunciar la cercanía del reinado de Dios en toda Galilea, al pueblo que, por estar integrado en la institución (sinagogas), no sospechaba la existencia de una alternativa. Sigue la conexión entre proclamación y liberación de demonios (39). El leproso es el caso extremo y el prototipo de la marginación religiosa y social, impuesta por la Ley (Lv 13,45s). Al acercarse a Jesús está  violando la Ley. Si quieres, puedes, dicho de Dios en Sab 12,18 (40).  Conmovido, usado de Dios en el judaísmo (en el NT, sólo de Jesús): el amor de Dios por los hombres, manifestado en Jesús. Él no reconoce marginación alguna; la establecida por la Ley no corresponde a lo que Dios es y quiere: el reinado de Dios no excluye a nadie de la salvación. Viola la ley, tocando al leproso (41). Es pronto para divulgar un mensaje tan radical, la invalidez de la ley de lo puro/impuro y la Igualdad de todos los hombres ante el Reino. Los ritos impuestos por Moisés (no por Dios; cf Lv 14,1-32) demuestran la dureza de aquel pueblo (como prueba contra ellos, cf Dt 31,26) (42-44). Desobediencia del hombre. En consecuencia, Jesús queda marginado, pero aumenta el  concurso de gente (45). Se abre así el Reino a todos los excluidos como Impuros por la Ley judía, incluidos los paganos. 
En la perícopa del leproso, después de haberlo curado, Jesús «le regañó y lo sacó fuera en seguida diciéndole: "Mira, no digas nada a nadie. Ve, en cambio, a que te examine el sacerdote y ofrece por tu purificación lo que prescribió Moisés como prueba contra ellos". El, cuando salió, se puso a proclamar y a divulgar el mensaje a más y mejor». 

¿Qué motivo puede haber para que Jesús regañe al antes leproso?, ¿qué significa «lo sacó fuera», si no se dice que estuvieran dentro de un local? El lenguaje es figurado: Jesús lo saca fuera de la mentalidad y doctrina de la sinagoga o institución judía, según la cual la marginación que había sufrido era justa y querida por Dios. Lo que merecía el reproche de Jesús al leproso era que había creído la doctrina de que Dios lo rechazaba y que los hombres tenían derecho a hacerlo, el haber aceptado y justificado su marginación.
 Por eso Jesús le prohíbe hablar hasta que no se haya liberado interiormente de su falsa creencia, hasta que no esté convencido de la injusticia de la institución que lo marginaba. Para ello le hace ver
las severas y onerosas condiciones que exigía la institución para readmitirlo, al mismo tiempo que atribuye esa prescripción a Moisés y no a Dios y subraya que Moisés mismo demostraba con ella la falta de corazón del pueblo (“como prueba contra ellos») (Mc 1,44). 

No le bastaba, pues, a Jesús haber liberado al leproso/marginado de su tara; el hombre tenía que liberarse interiormente, y para ello comprender la injusticia de su situación anterior, e identificar a su opresor, la institución religiosa. Si hubiera hablado sin estar convencido de esto, habría elogiado simplemente la bondad de Jesús en su caso particular; sin embargo, «cuando salió» (éxodo) de esa falsa mentalidad, sí comprendió «el mensaje» contenido en la acción de Jesús y «se puso a proclamarlo»: que Dios no tolera la marginación y que ésta no puede nunca justificarse apelando a él. Este mensaje ponía en cuestión los principios teológicos de la sociedad judía. Esta actitud ante la marginación hace de Jesús mismo un marginado (Mc 1,45).

martes, 6 de enero de 2015

CONFIRMACIÓN 7. MI SÉPTIMA CATEQUESIS.

EL TEMPLO DE DIOS.

(ANTHONY DE MELLO)
El maestro estaba de un talante comunicativo, y por eso sus discípulos trataron de que les hiciera saber las fases por las que había pasado en su búsqueda de la divinidad.
“Primero, Dios me condujo de la mano al País de la Acción, donde permanecí una serie de años.”
“Luego volvió y me condujo al País de la Aflicción, y allí viví hasta que mi corazón quedó purificado de todo afecto desordenado”.
“Pasado un tiempo me vi en el País del Amor, cuyas ardientes llamas consumieron cuanto quedaba de mi egoísmo. Tras todo ello, accedí al País del Silencio, donde se desvelaron ante mis asombrados ojos los misterios de la vida y de la muerte.”
“¿Y fue ésta la fase final de tu búsqueda?” le preguntaron los discípulos.
“No”, respondió el Maestro.
“Un día dijo Dios: Hoy voy a llevarte al santuario más escondido del Templo, al “mismo corazón de Dios”, Y fui conducido al País de la Alegría.” 








I. PRÓLOGO: EL DESIGNIO CREADOR (Jn 1,1-18).

1.Al principio ya existía la Palabra y la palabra se dirigía a Dios y la Palabra era Dios.
2. Ella al principio se dirigía a Dios.
3. Mediante ella existió todo, sin ella no existió cosa alguna de lo que existe.
4. Ella contenía vida y la vida era la luz del hombre:
5. esa luz brilla en la tiniebla y la tiniebla no la ha apagado.
 

COMENTARIO

Prólogo. Puede llamarse también síntesis introductoria o profesión de fe de la comunidad de Juan, que, en 1,14-16 (nosotros), habla de su experiencia cristiana, fruto de la actividad de Jesús. El prólogo resume en pocos trazos la realización del proyecto creador de Dios, que abre una época nueva en la historia humana. Por una parte, da claves de interpretación para el resto del Evangelio; por otra, sólo se puede penetrar su profundidad conociendo la obra de Jesús narrada después.
Introducción (1-2).El término griego logos sintetiza dos conceptos del AT: el de palabra/potencia creadora (Gn 1) y el de sabiduría creadora (Prov 8,22-24.27; Eclo 1,1.4-6.9; Sab 8,4; 9,1.9; Sal 104,24). El logos o Palabra formula el proyecto de Dios (sabiduría), que existe antes de la creación y la guía, y, en cuanto potencia, lo realiza. En v.1, la Palabra representa el proyecto formulado, cuyo contenido está expresado en 1c: la Palabra era Dios o, ateniéndonos al significado de la Palabra en este pasaje: un Dios era el proyecto. Este consistía, por tanto, en que el hombre tuviese condición divina, que fuese igual a Dios. El proyecto es la palabra divina absoluta y relativiza todas las demás palabras, en particular, las de la antigua Ley: a las diez palabras (decálogo) se opone la única palabra que las sustituye. Paralelamente, todos los ideales humanos propuestos en la antigua alianza quedan superados al conocerse en Jesús el verdadero proyecto de Dios sobre el hombre. Este proyecto, concebido en la mente divina, es personificado por Jn, quien lo presenta como el interlocutor de Dios. Expresa con esta especie de soliloquio divino (el proyecto se dirigía/interpelaba a Dios) una urgencia: la del amor de Dios por realizarlo.


La antigua humanidad. El rechazo del proyecto de Dios (3-10). Existe la actividad creadora del proyecto/palabra, que se traduce en comunicar la vida que contiene. Vida (= plenitud de vida), se opone a la existencia que no merece ese nombre; la plenitud de vida es la luz, la verdad del hombre (4). Consecuencia: no existe una verdad anterior a la vida ni independiente de ella: no hay más verdad que el esplendor de la vida misma; la aspiración a la vida plena guía al hombre, y la experiencia de ella le va descubriendo la verdad. Es decir, la verdad es la vida misma en cuanto se puede conocer, experimentar y formular. Donde hay vida, hay verdad; donde no hay vida, no hay verdad.


La luz/vida tiene un enemigo, la tiniebla, que pretende extinguir la luz (5). Es una entidad activa y maléfica: a la luz/vida se opone la tiniebla/muerte. La tiniebla aparece después de la luz (no como en Gn 1); es decir, la aspiración a la vida es componente del ser del hombre, por ser la vida el contenido del proyecto creador, del que el hombre es resultado. La tiniebla no se opone a la vida en sí misma, sino a la luz/verdad, a la vida en cuanto puede ser conocida. Es una antiverdad, una falsa ideología (8,44: la mentira) que, al ser aceptada, ciega al hombre, impidiéndole conocer el proyecto creador, expresión del amor de Dios por él, y sofocando su aspiración a la plenitud.


A pesar del esfuerzo por extinguirla, la vida/luz sirve de orientación y de meta a la humanidad. El hombre puede comprender qué significa una vida plenamente humana y a ella ha aspirado siempre, aun cuando por culpa de otros hombres tuviera que vivir sometido a una condición inhumana. Los dominados por la tiniebla son muertos en vida.


lunes, 8 de diciembre de 2014

CONFIRMACIÓN 6. MI SEXTA CATEQUESIS.

LAS EDICIONES INVISIBLES.
(PARÁBOLA ZEN)
Tet-sugen, un alumno Zen, asumió un tremendo compromiso: imprimir siete mil ejemplares de unas oraciones, que hasta entonces sólo podían conseguirse en chino.
Viajó a lo largo y ancho del Japón recaudando fondos para su proyecto. Algunas personas adineradas le dieron hasta cien monedas de oro, pero el grueso de la recaudación lo constituían las pequeñas aportaciones de los campesinos. Y Tet-sugen expresaba a todos el mismo agradecimiento, prescindiendo de la suma que le dieran.
Al cabo de diez largos años viajando de aquí para allá, consiguió recaudar lo necesario para su proyecto. Justamente entonces se desbordó el río Uji, dejando en la miseria a miles de personas. Entonces Tet-sugen empleó todo el dinero que había recaudado en ayudar a aquellas pobres gentes.
Luego comenzó de nuevo a recolectar fondos. Y otra vez pasaron varios años hasta que consiguió la suma necesaria. Entonces se desató una epidemia en el país, y Tet-sugen volvió a gastar todo el dinero en ayudar a los damnificados.
Una vez más, volvió a empezar de cero y, por fin, al cabo de veinte años, su sueño se vio hecho realidad.
Las planchas con que se imprimió aquella primera edición de las oraciones Zen se exhiben actualmente en el monasterio de Obaku, de Kyoto.
Los japoneses cuentan a sus hijos que Tet-sugen sacó, en total, tres ediciones del libro de oraciones, pero que las dos primeras son invisibles y muy superiores a la tercera. 

 
 
EL PREFERIDO DE JESÚS.
Jesús declara que su misión consiste en manifestar a todo hombre el amor de Dios, sumergiendo ("bautizando")al hombre en el Espíritu, la fuerza creadora del Padre (Jn 1,33).

Esta acción de Jesús va dirigida a todos.
Como el Padre, Jesús no ama al hombre gracias a sus méritos, porque es bueno, sino que éste tiene la posibilidad de hacerse bueno, porque es objeto de un amor sin condíciones.

Dirigiendo este amor hacia los "ingratos y malvados". (Lc 6,35), Jesús desmiente la visión de un dios Justiciero '. El Padre no le ha encomendado destruir, sino dar Vida: "Dios no envió el Hijo al mundo para que dé sentencia contra el mundo, sino para que el mundo se salve por él" (Jn 3,17). La actividad de Jesús no consistirá en "cortar y echar al fuego a
todo árbol que no dé buen fruto" (Lc 3,9), sino en "cavar alrededor y echar estiércol" (Lc 13,8), favoreciendo las condiciones vitales necesarias para producir fruto.

Cuando Jesús se encuentra con alguien, los evangelistas dicen que "lo vio" (Mc 1,16), utilizando el mismo verbo usado siete veces en el libro del Genesis en el relato de la creación: "y vio Dios que era bueno" (Gn 1,3.10.12.18.21.25.31).

Jesús, el Hombre-Dios, cuando encuentra a alguien lo "ve" con la misma mirada del Dios de la creación, una mirada que comunica amor ("Jesús se le quedó mirando y le mostró su amor", Mc 10,21).

El creador mira "la tierra informe y desierta" y le parece buena (Gn 1,2.10), y su mirada la transforma, le comunica vida animándola: "Envías tu espíritu y los creas, y repueblas la faz de la tierra» (Sal 104,30).

Jesús fija su mirada creadora en el caos de la persona para re-crearla con su amor como canta el profeta Sofonías: "Te renovará con su amor" (Sof 3,17). El hombre, cuando encuentra al Señor, no es nunca humillado por la penosa vision de sus propias miserias, sino embriagado por la inagotable riqueza del amor de Dios (Lc 15).

En sintonía con el Dios que "no mira la apariencia, sino el corazón" (1 Sm 16,7), los evangelios enseñan que es necesario encontrar a Jesús para aprender a mirar a las personas, acontecimientos y cosas con la mirada misma del Creador, la misma con la que Jesús miraba incluso a sus asesinos: "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen"(Lc 23,34).

Al fariseo piadoso que ve su casa manchada por la presencia de "una pecadora» (Lc 7,36-50), Jesús le reprende por su mirada y lo invita a ver a un ser humano: "¿Ves esta mujer?".

Igualmente, mientras los ojos del fariseo ven un "pecador y un publicano", los de Jesús ven "un hombre" sentado al mostrador de los impuestos (Mt 9,9) y en lugar de evitar al que era considerado la personificación del pecado, lo invita a comer a su casa.

El amor derramado escandalosamente sobre quien no lo merece provoca en todo momento las protestas de cuantos regulan la conducta propia de acuerdo con la fiel observancia de la Ley.

A su protesta Jesús replica: "¿O ves tú con malos ojos (lit.tienes el ojo malo) que yo sea generoso?" (Mt 20,15).

Para tener la mirada de Jesús es necesario sustituir el ojo "malo" por el "generoso" (Mt 6,22-23), expresiones figuradas que indican, respectivamente, avaricia y generosidad (Dt 15,9-11), Y sintonizar la capacidad de amor con la de un Dios generoso capaz de "tener misericordia de todos" (Rom 11,32).

Esta nueva visión es fruto de la fe de los individuos, único "colirio para untárselo en los ojos y ver" (Ap 3,18).

Jesús "toca" los ojos de los ciegos, pero éstos se abren en la medida de su propia fe: "Que se os cumpla, según la fe que tenéis" (Mc 9,29) y como sucedió al celoso fariseo Saulo, que "incluso teniendo los ojos abiertos no veía nada", es necesario que le caigan "de los ojos una especie de escamas" (Hch 9,8-18) para recuperar la vista y reconocer a Dios (Hch 9,5).
 

domingo, 23 de noviembre de 2014

CONFIRMACIÓN 5. MI QUINTA CATEQUESIS.

EL FRUTO EN EL AGUA.

(CUENTO DE LA ISLA DE ZANZÍBAR)
Una mujer se acercó a la fuente: un pequeño y limpio espejo entre los árboles del bosque.
Mientras sumergía el ánfora para pozar el agua, descubrió en el agua un grueso fruto rosado, tan hermoso que parecía decir:
“¡Tómame!”.
Alargó el brazo para cogerlo, pero aquél desapareció, y apareció sólo cuando la mujer retiró la mano del agua.
Así por dos o tres veces.
Entonces la mujer se puso a sacar agua para agotar la fuente. Trabajó mucho, sin quitar la vista al fruto misterioso; pero cuando sacó toda el agua, se dio cuenta de que el fruto ya no estaba.
Desilusionada por aquel encantamiento, estaba por marcharse, cuando oyó una voz entre los árboles (era un pájaro sabio):
“¿Por qué buscas abajo? El fruto está allá arriba…”
La mujer levantó los ojos y, colgado a una rama sobre la fuente, descubrió el fruto, del cual había visto en el agua sólo el reflejo.
¿No nos sucede un poco así a todos nosotros, cuando buscamos en tierra, o incluso en el pozo, aquel bien que está en lo alto? 










CRITERIO DE VERDAD EN EL EVANGELIO DE JUAN.


En Jn 7,14ss, encontrándose Jesús enseñando en el templo, los dirigentes judíos se preguntan por el origen del saber de Jesús: «¿Cómo sabe éste de Escritura si no ha estudiado?»

Jesús replica informándolos de que su saber no viene de las escuelas, sino de Dios: «Mi doctrina no es mía, sino del que me ha mandado». Sin embargo, esta afirmación de Jesús necesitaba ser probada, y él mismo aduce la prueba a continuación: «El que quiera realizar el designio de Dios conocerá si esta doctrina es de Dios o si yo hablo por mi cuenta» (7,17). 

Como se ve, Jesús no prueba su extraordinaria afirmación con argumentos ni citando textos del A T. No invoca la autoridad de Dios ni la suya propia. El criterio para distinguir la verdad de, su doctrina está en el hombre mismo, y a él se remite Jesús. El no se impone, cada uno tiene que encontrar su certeza  (4). 

El criterio que propone Jesús, independiente de su persona, se basa en la fidelidad del hombre a Dios creador, en el deseo de realizar su designio. Este designio, que concreta el amor universal de Dios, se expresa así: «que todo el que reconoce al Hijo y le presta adhesión tenga vida definitiva» (3,16), es decir, vida en plenitud. En quien la anhela, la doctrina de Jesús produce una experiencia que le hace percibir su verdad: en ella ve el hombre la concreción de sus aspiraciones; ella responde a su anhelo interior y le muestra cuál es la verdadera plenitud. 

El convencimiento es, por tanto, personal, no por testimonio ajeno y, mucho menos, por imposición externa (5). 

Este criterio es propuesto por Jesús en otras ocasiones y podemos llamarlo «criterio positivo». Pero en la misma ocasión propone también un criterio negativo: «Quien habla por su cuenta busca su propia gloria; en cambio, quien busca la gloria del que lo ha mandado, ése es de fiar y en él no hay injusticia». «La propia gloria» es un hecho exterior y, por tanto, constatable; de ahí que su búsqueda o la renuncia a ella pueda servir de criterio para juzgar la procedencia de una doctrina. La búsqueda del propio prestigio delata que la doctrina que alguien propone no procede de Dios, sino del hombre mismo; es un medio para favorecer sus propios intereses. 

Este criterio completa el primero, expuesto en el versículo anterior. Aquél se dirigía a quien escucha la doctrina de Jesús, y consistía en la experiencia interna que ésta provoca en quien está en favor de la plenitud humana. Pero, para el público al que Jesús hablaba, existía otra doctrina oficial que pretendía también tener autoridad divina, la Ley, interpretada y manejada por los círculos de poder. 

Por eso añade un criterio externo, el de los intereses que defiende quien propone una doctrina; éstos permitirán juzgar su validez. El criterio último de verdad es la comunicación de vida al hombre, porque la verdad de Dios es ser Padre, el que por amor comunica su propia vida. Quien con su hablar no pretende comunicar vida, sino promover su propio prestigio, no sólo no refleja lo que es Dios, sino que, al ponerlo al servicio de su interés, necesariamente lo falsifica. Ninguna doctrina que redunda en beneficio del que la propone merece crédito.

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(4) El verbo ginôskô, usado en esta frase, tiene entre sus significados el de «conocer por experiencia" (cf. gnôsis). 

(5) La fórmula usada por Juan, «el Espíritu de la verdad» (14,17; 15,26; 16,13), abunda en el mismo sentido. El Espíritu es la vida-amor del Padre y es principio de vida (3,6). Al comunicarse, produce en el hombre una nueva experiencia de vida que, en cuanto percibida y formulada, es la verdad. 
 
El pecado del mundo, obstáculo al reino de Dios.

El obstáculo al designio de Dios es el pecado. Para definirlo podemos utilizar un pasaje donde san Pablo expone la exigencia creada por la muerte de Cristo: “Murió por todos, para que los que viven ya no vivan más para sí mismos, sino para el que murió y resucitó por ellos” (2 Cor 5,15).
Si la redención reclama que el hombre no viva más para sí mismo, cabe deducir que el pecado consistía precisamente en que el hombre, centrado en sí mismo, se había constituido en su propio dios. En consecuencia, su vida entera gravitaba en torno al propio interés, a la propia satisfacción. Cerrándose en sí, rompe con Dios y con los demás; con Dios, porque usurpa su puesto; con los demás, porque los subordina a sus propios fines.
La misma exigencia se enuncia en el evangelio: “El que quiera venirse conmigo reniegue de sí mismo” (Mt 16,24). Renegar significa quebrar voluntariamente un vínculo de fidelidad o adhesión, a la religión o a la patria, por ejemplo. Supone cambio de lealtad, trueque de banderas. Seguir a Cristo exige bajar de la hornacina el propio yo, dejar de considerarse como centro y valor supremo. Egoísmo y egocentrismo son la negación del evangelio. 

domingo, 16 de noviembre de 2014

CONFIRMACIÓN 4. MI CUARTA CATEQUESIS.

(ANTHONY DE MELLO).
El Maestro explicaba a sus discípulos que alcanzarían la Iluminación el día en que consiguieran mirar sin interpretar.
Ellos quisieron saber en qué consistía mirar interpretando.
Y el Maestro lo explicó así:
Dos peones camineros católicos se hallaban trabajando justamente delante de un burdel cuando, de pronto, vieron cómo un rabino se deslizaba furtivamente en la casa.
“¿Qué vas a esperar de un rabino?”, se dijeron el uno al otro.
Al cabo de un rato, el que entró fue un pastor protestante. Ellos no se sorprendieron: “¿Qué vas a esperar…?
Entonces apareció el párroco católico, que, cubriéndose el rostro con una capa, se deslizó también en el edificio. “Es terrible, ¿no crees? Una de las chicas debe de estar muy enferma”.

 

MATEO.

17               1 Seis días después se llevó Jesús a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y subió con ellos a un monte alto y apartado.
2 Allí se transfiguró delante de ellos: su rostro brillaba como el sol y sus vestidos se volvieron esplendentes como la luz.
3 De pronto se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.
                      4 Intervino Pedro y le dijo a Jesús:
                     - Señor, viene muy bien que estemos aquí nosotros; si quieres, hago aquí tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.
                     5 Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y dijo una voz desde la nube:
                     - Éste es mi Hijo, el amado, en quien he puesto mi favor. Escuchadlo.
                     6 Al oírla cayeron los discípulos de bruces, aterrados.
                     7 Jesús se acercó y los tocó diciéndoles:
                     - Levantaos, no tengáis miedo.
                     8 Alzaron los ojos y no vieron más que al Jesús de antes, solo.
                     9 Mientras bajaban del monte, Jesús les mandó:
                     - No contéis a nadie la visión hasta que el Hombre resucite de la muerte.
                    10 Los discípulos le preguntaron:
                    - ¿Por qué dicen los letrados que Elías tiene que venir primero?
                    11 Él les contestó:
                    - ¿De modo que va a venir Elías a ponerto todo en orden?
12 Pues os digo que Elías vino ya y, en vez de reconocerlo, lo trataron a su antojo. Así también el Hombre va a padecer a manos de ellos.
                    13 Los discípulos comprendieron entonces que se refería a Juan Bautista.




EXPLICACIÓN.

1 - 13.           Esta escena pretende mostrar a los tres discípulos más destacados que el destino del Mesías antes enunciado (16,21) es "la idea de Dios" (16,23). Jesús les demuestra la realidad y calidad de la vida que supera la muerte. Monte alto, manifestación divina excepcional; como el sol, (cf. 13,43); el blanco, color de la gloria divina. Moisés y Elías conversan con Jesús (3): alusión a Éx 34,45. El AT (Ley y Profetas), subordinado a Jesús, el Hombre, ha de interpretarse a partir de él. Propuesta de Pedro (4), que enlaza con la fiesta de las Chozas, de marcado carácter mesiánico nacionalista; pone a Moisés y Elías en el mismo plano de Jesús (tres tiendas); el Mesías debe integrarse en las categorías del AT. La nube (5), símbolo de la presencia divina (Éx 13,21; Nm 9,15; 2 Mac 2,8). La voz repite las palabras del bautismo (3,17) y señala la unicidad de Jesús; ningún personaje del AT puede compararse con él. Escuchadlo a él (cf. Dt 18,15). El AT queda relativizado. Miedo de los discípulos (cf. Dn 8,17) ante la teofanía (Is 6,5; Dn 10,15.19). Jesús los toca como a los enfermos y a los muertos (8,3.15; 9,25-29); están en la misma situación que el antiguo Israel. Comunicar la visión mal entendida (4) induciría al error sobre el mesianismo de Jesús (9). Buscan un argumento contra la doctrina de los letrados (10). La figura de Elías se ha realizado en Juan Bautista. No habrá intervención milagrosa. La misión de Juan ha sido impedida por la violencia del poder (12).  


Una falsa idea de Dios: Lo puro y lo impuro.

Hay otras líneas en el AT que no perduran en el Nuevo. 

En efecto, acabamos de esbozar la figura del Dios que se expresó en el Código de la Alianza, misericordioso, tierno y liberador, el que actúa por amor y espera respuesta de amor; el que salva al que sufre, venga al oprimido y defiende los derechos del pobre, el Dios cercano que crea igualdad, que dio al pueblo judío la responsabilidad histórica de crear una sociedad justa que atrajera a los pueblos paganos y los llevase al conocimiento del verdadero Dios; se accede a él practicando la justicia y el amor, concede el perdón al que cambia de vida, se revela en la historia e interpela por medio de los profetas, detesta la iniquidad, la injusticia contra él (idolatría) y contra el prójimo (violencia), acompaña al pueblo en su camino (Tienda). Se acerca al pecador y al enfermo para salvarlos. 

Pero frente a esta concepción de Dios existe otra en el AT, la que se refleja en el Código de la Pureza (Lv 17-25). 

Es el Dios Santo y Terrible, celoso de sus derechos, que desata su cólera contra el impuro y provoca una respuesta de temor; es el Dios que castiga y se venga (juicio); es el Dios lejano, que elige al pueblo para que le dé culto, convirtiendo la elección en un privilegio; el culto tiene por objeto desagraviar a Dios; el perdón se concede por los sacrificios de víctimas, sin referencia a la injusticia; el templo es la morada estática de Dios: ya no acompaña él al pueblo, éste tiene que desplazarse para encontrarlo a él. Se tiene acceso a él si se cumplen las condiciones de pureza, y se defiende de la impureza matando al impuro. Los bendecidos de Dios serán los «puros», lo que exige conocer bien la Ley. Dios aborrece a los «pecadores» y se aleja de ellos (23). 

Esta línea queda completamente eliminada de la perspectiva de Jesús, que toma clara posición contra ella. Nunca en los evangelios exhorta a los suyos a «ser santos», y el único evangelista que menciona la «perfección», Mateo, lo hace solamente para echar abajo el concepto de perfección farisea legalista. La perfección cristiana consiste en parecerse al Padre del cielo con la práctica del amor a todos, incluso a los enemigos (Mt 5,43-48). 

La idea del Dios «Santo» que rechaza al «impuro» y se distancia de él queda refutada en los evangelios en muchos episodios ya citados: el del leproso ante el que Jesús «se conmueve» y al que toca, violando la Ley (Mc 1,41 par.); en el del centurión (Mt 8,5-18 par.), donde Jesús se ofrece a entrar en casa de un pagano; en el de la mujer con flujos y la hija de Jairo (Mc 5,21-6,la par.), en las instrucciones para la misión (Mc 6,7-13; Lc 9,1-6; 10,1-16), en la acogida a los «pecadores», en el reparto de pan a los paganos (Mc 8,1-9 par.), en la comida en casa de Zaqueo (Lc 19,1-10), etc., y, en Marcos y Mateo, en la enunciación del principio sobre lo que impurifica al hombre (Mc 7,14-23; Mt 15,10-20; cf. Rom 14,17.20; 1 Cor 8,8).